Capítulo 3

El retiro que no fue

Ilustración creada por Paloma Agüera

Y en medio de aquel ecosistema de armoniosa perfección, él salió corriendo directo a suicidarse. Y no como lo haría cualquier suicida, en un acto premeditado y solitario, no, él se quiso suicidar para constatar que alguien quería evitarlo.

El sol de invierno en Madrid es muy agradable, permite vestir en manga corta, sentarse al sol en alguna terraza, aprovechar antes de que caiga a las seis. Aquel día El Retiro, por esa excusa, estaba lleno gente; había turistas tirando fotos de lo que otros ya tenemos visto, familias  que abrían latas para empezar un picnic sentadas sobre manteles a cuadros , corredores dando vueltas vestidos con accesorios de colores llamativos, niños que tiraban pan duro del día anterior a los patos, a las carpas, a las palomas, o veían atentos un espectáculo titiritero financiado por los abuelos, preocupados porque sus nietos estuvieran un rato sentados y sin peligro de perderse correteando por los jardines o saltando al estanque. 

Dentro del tumulto todo parecía ordenado, como si fuésemos figurantes dirigidos y posando de fondo para una película romántica, en la que una pareja que se acaba de conocer pasea en una de sus primeras citas por encima de las hojas que se han ido acumulando tras el otoño. Nosotros no teníamos mantel en el suelo, venían un par de abuelas, así que alguien había madrugado para reservar una mesita de madera entre pinos y preparar allí un aperitivo, un piscolabis. Nos juntamos bastante familia. No recuerdo qué celebrábamos, si es que hubiera algo que celebrar. Igual solo era uno de esos días en que los adultos juegan a los papás y las mamás, comparten sonrisas y fuerzan a parecer que se soportan entre cumplidos: “Ya lo pago yo, de verdad, no te preocupes”, “qué bien te sienta esa bufanda”, “siéntate tú, yo estoy bien de pie”. Ahora yo soy uno de ellos.

Sí recuerdo que, con mis primos y mi hermana, en una praderita cercana a nuestro picnic, tirábamos palos a un perro que también parecía un figurante de ese cuadro idílico que estábamos a punto de hacer estallar. Cada vez que lo traía de vuelta para que se lo volviésemos a tirar nos regalaba una sonrisa como diciendo “eh, yo también estoy disfrutando mucho de este domingo soleado con tanta gente en las barquitas, los hippies haciendo música, los tenderos vendiendo ganchitos”. Una de las veces no volvió con el palo, prefirió quedarse ladrando hacia la mesa donde estaba mi familia, sin parar, increpante, intentando que una bronca que, pensaba yo, había creado mi padre por no hablar de lugares comunes se terminara. 

Pero otros adultos, que también jugaban a los papás y las mamás, parecían molestos por aquel espectáculo que rompía el ecosistema de armoniosa perfección protocolaria de domingo y se acercaron a separar a mi tío, que intentaba retener a mi padre entre sus brazos no sé muy bien por qué. Gritos, golpes en la mesa, en el suelo, en la cara de quien se pusiese de por medio y, de repente, una vez liberado, una carrera que a los pocos segundos le hizo estar a nuestro lado, con los niños. Una declaración de intenciones, parecía que no quería jugar más a los juegos de adultos. Se dio la vuelta, para despedirse, ahora lo sé, y lanzó su teléfono, un NOKIA 3310 que no se rompió. En aquella época yo pensaba que todo podría ser para siempre. 

- ¡Me voy a suicidar! - empezó a vociferar mi padre - ¡Me voy a suicidar!

Los turistas dejaron de hacer fotos, una mujer se cortó abriendo una lata y manchó el mantel a cuadros, los corredores se pararon y fastidiaron sus marcas, los niños, que solo tenían ojos para los títeres, o los patos, o las carpas e incluso para las palomas, perdieron su concentración y empezaron a llorar, a patalear, a perderse por los jardines para disgusto de sus abuelos. La figuración paró y mi padre empezó a correr. -¿Ha visto a un hombre alto, delgado, moreno, de pelo rizado? – empezamos a preguntar cuando le perdimos la pista entre tanta gente- Está enfermo, ha salido corriendo, dice que se quiere suicidar- no teníamos muchas más pistas ni smartphones con fotos- Si le ve, ¿nos puede avisar?

Los primos más pequeños se quedaron con las abuelas sentados en la mesita de picnic debajo de los pinos, a la sombra, con el frío, escondidos, excluidos. Yo no lo debía de ser tanto, pequeño digo, me dividí con los mayores para buscarle y quedamos, si no le encontrábamos, en el punto donde nos separábamos en una hora. No me dio tiempo a llorar, si es que era eso lo que debería salirme en ese momento. Ahora imagino que sí. Aunque todavía no entendía la palabra suicidar, sí sabía que no tenía nada que ver con lo de jugar a los papás y las mamás, por eso no estaba preocupado, mi padre siempre intentaba borrarse de esos juegos.

Por la zona sur que da a Menéndez Pelayo, la que me había tocado, no paseaba tanta gente y la cantidad de árboles la hacía más oscura. Iba en manga corta y a pesar de que llevaba un rato corriendo, gritando papá y un poco en tensión por ese miedo de estar solo en un lugar tan grande siendo yo tan pequeño, empezaba a tener bastante frío. Una pareja se acercó a preguntarme si me había perdido, otra me quiso
acompañar a la policía. Yo explicaba que buscaba a mi padre, que se quería suicidar. A 10 minutos para volver al punto de partida, si no quería ser yo el segundo Aguilar que se había perdido, cerca de la Puerta de Dante, un hombre alto, delgado, moreno, de pelo rizado, lloraba solo. Estaba sentado en un banco con la frente apoyada en sus manos, con los codos apoyados en las rodillas. Era mi padre.

- No puedo - decía cuando dejaba de llorar unos segundos.

Solo era el principio, una depresión. Todavía hablaba, todavía lloraba. Qué suerte. 

Línea de atención a la conducta suicida: Llama al 024

El Ministerio de Sanidad de España promueve la Línea 024 de atención a la conducta suicida. Este es un servicio de alcance nacional, gratuito, confidencial y disponible las 24 horas del día, los 365 días del año

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