Capítulo 16

What if

Ilustración creada por Paloma Agüera

Tos que deja flema. La ambulancia llega por el sonido y las luces. Otra vez. Carretera de curvas y precipicios. Luego, en la autopista, excede la velocidad pero tampoco mucho. Ya en el hospital. Hay sitio en el pasillo. Distinguir lo urgente de lo importante. Si acaso soy lo segundo. Cuatro días sin alta. Análisis de sangre, cambio de pañales, la PEG, gastrostomía endoscópica percutánea, ¡qué me la quiten! ¿Qué coño hay que hacer para morirse? La neumonía se ha comido un pulmón. No hay sitio para más flemas. Al sexto día llega él, mi hijo, ¡mátame! No llores. Me quito la sonda nasogástrica, ¿cómo queréis que os lo diga? Escucho la firma sobre el papel. El bolígrafo rasgando la hoja. Lo que dure. Horas. Minutos. Mi sentencia, por fin. La máquina que mide mis pulsaciones dibuja sismos. Morfina y sueños.

Acabada la canción del cumpleaños feliz, inspiro y lleno mis pulmones de aire. Estamos en mi piso de soltero, el que nunca tuve, a oscuras salvo por las pequeñas llamas sobre la tarta de chocolate que alumbran las caras sonrientes de toda mi familia, la que he formado yo y la que están formando mis hijos: el marido de ella, la mujer de él, sus hijos que ahora son mis nietos. También está ella, Marta, la voy a llamar así si no se me ocurre otro nombre, el único amor que tuve después de divorciarme. Estoy de pie frente a la mesa, estable, no busco una silla de ruedas en la que sentarme porque no la hay. Tengo restos de arroz en el bigote que se mueven al coger aire porque puedo comer por mí mismo. Hay una vela encendida por cada año cumplido, 57, y he sido yo quien ha girado la rueda del mechero sin dificultad, como si fuese lo que es, lo que normalmente es para todos, lo que tendría que ser: un movimiento básico en el que el dedo mueve la piedra de fricción de acero serrado para que produzca una chispa. Uno de los nietos ha decidido seguir cantando y otro corea mi apodo, mi apodo para él, “¡Abu, Abu, Abu!” Me gustaría que alguno llevara mi nombre y así va a ser, al menos hasta que nazca. En el sofá hay cajas envueltas con papel de regalo. No sé lo que hay dentro pero lo imagino; unos calcetines, como el año anterior, y el anterior del anterior, la camiseta del Real Madrid de Baloncesto que, ahora que me cuido, igual puedo lucir en una pachanga con los compañeros de trabajo y, el plato fuerte, unas entradas para un concierto de Sting, aunque es una pena que se separa de The Police. Estoy deseando abrirlos, proceso inverso: aspiro y vacío mis pulmones de aire. Apago todas. Ahora sí, oscuridad completa.

Pitido final del electrocardiógrafo.
Este año tendría que haber cumplido 57. Tendría que.

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