Capítulo 19

ESCRÍBELA OTRA VEZ, SAM

Ilustración creada por Paloma Agüera

Me levanto llorando unas horas después de haberme acostado llorando. El primer pie en el suelo, tras un rato tumbado con los ojos abiertos y sin decidirme, es totalmente insensible. Qué importa que el suelo esté frío, ¿lo está? ¿Cuánto falta para volver a meterme en la cama? ¿Tendría que salir de ella?

Verticalidad. Un ente extraño que ya me pertenece oprime de la garganta al estómago okupando todo mi pecho. Sabe dónde está el botón que activa las lágrimas y los gritos, no el de los sollozos o las palabras suaves. Este temblor es suficiente excusa para volver a ir a urgencias.

Suelo de baldosas que acaban dónde empieza una pared blanca desconchada. Una pequeña ventana con barrotes separa esta sala de un patio lleno de máquinas y una caída desde el cuarto piso. Me siento, solo, con la cabeza llena, en un asiento de plástico frente a una pantalla que lanza códigos alfanuméricos después de un sonido estridente. Yo soy, en la sala de espera y hasta que el psiquiatra de turno me autorice las benzodiazepinas, EHK7. Mirando hacia la esquina donde dos paredes en ángulo recto se juntan con el techo, empiezo a hablar:

– ¡Oye! – le digo a la nada – ¡Oye! – insisto poniéndome de pie, encarándome con agresividad.

Nadie responde pero sé que debe de estar cerca; noto su trazo, los tiempos que toma para cambiarme de espacio, la literatura sobre lo que otros llaman depresión.

– ¡Oye!- Vuelvo a decir gritando hacia todas las direcciones desde las que, supongo, me vigila- ¡contéstame o dejo de posar!

– ¿A quién hablas?

– ¡A ti!

– Y, ¿Cómo sabes que estoy aquí?

– Porque tú también eres yo.

– No exactamente, yo sólo estoy escribiendo esta historia.

– Que es nuestra.

El psiquiatra sale de su despacho y nos pide cinco minutos antes de poder entrar en la consulta.

– ¿Te importa si voy por un café? – pregunta el médico, que se sorprende ante nuestra negativa.

Cierra la puerta de un portazo y vuelve a su despacho.

– Si puedes escribir que el médico no vaya a por su café…-digo mirando de nuevo a la esquina- ¿Por qué no nos ahorramos todo esto? ¿La ansiedad? ¿La incertidumbre?- el pitido de la pantalla suena e ilumina el EHK7- la enfermedad.

– Sin ellas no habría historia, no existirías tal y como eres. Sin ellas no te estaría escribiendo.

– ¡Creemos otra desde el principio! Sin todo esto…

– No puedo, las cosas más importantes no dependen de mí, esas ya venían inscritas- dije, dijo, dijimos.

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