Capítulo 18

Sólo quería un abrazo

Ilustración creada por Paloma Agüera

Vuelvo a España después de un año y lo primero que hago no es ir a verle. Entiendo, o eso me quiero creer, que tengo multitud de cosas que hacer mejores que ver a una persona, que hace tiempo considero un vegetal, postrado en una cama y sin que ni siquiera sepa que soy yo el ser que tiene delante, con la cantidad de cosas que tengo para contar. 

Lo primero es quedar con unos amigos, aquí y allá. Buscar un trabajo, una casa, presumir de mi experiencia haciendo las américas. Lo tercero es intentar repetir lo primero y seguir teniendo excusas para no verle, para huir, como si no hubiese sido suficiente estar un año al otro lado del Atlántico.

Pasan los meses y no voy a la residencia donde hace tiempo perece lentamente. Hacía tiempo que había muerto para mí y desde que casi me da con la espada, llevaba años intentando que acabara por desaparecer del todo, como si enterrarle vivo me fuese a evitar su herencia.

Hasta que resucitó. Ahora está conmigo para siempre, más vivo que nunca y “le” escribo.

 

Asunto: Creo que me estuvo esperando

Hola, A.

Ya sé que hace tiempo que no nos vemos ni hablamos. Desde el alta he manejado muy bien despertar por la mañana, la ansiedad, llorar de vez en cuando, los pájaros negros, mi algoritmo; no he tenido “necesidad” de ti. Por eso, quiero que te tomes esto como una antigua amiga que escucha una canción que le trae buenos recuerdos o visita una ciudad en la que estuvieron juntos y le escribe. 

A pesar de los años, ya van tres, tengo un pensamiento y una sensación que no acaba por desaparecer, una especie de teoría esotérica que en otro momento no me hubiese logrado creer pero que, al no irse, le doy forma, la escrudiño y la hago mía, como una señora rezando de rodillas con el rosario en la mano y creyéndose sus palabras.

Cuando el bicho que se me instaló en el pecho y en la cabeza empezó a hacerse más pequeño pude constatar, dentro de la claridad que te da ir saliendo de una depresión, que mi padre se murió para verme por última vez. Me esperó justo a ese instante cuando podía haberlo hecho en cualquier otro momento: antes de irme a vivir a Sudamérica, mientras estaba allí, algunos pocos años más tarde. Pero él se murió porque sabía que había vuelto, que yo no quería verle y que, no sé, me da vergüenza escribirlo, sentía la necesidad de que le diese un abrazo, un beso, pasase esa última noche.

No sé por qué te escribo con esto, quizás por confirmar que no estoy loco por creer que una persona tan enferma, sin habla, sin raciocinio, sin capacidad para aguantarse sus esfínteres, fuera capaz de reconocer la necesidad de sentir a su hijo con alguno de sus sentidos, si es que le quedaban. Igual para que me digas que deje de creer en fantasmas, en espíritus, en la religión que nunca he creído. Te escribo, seguramente, porque la culpa me pesa, porque la mente, en busca de soluciones, es capaz de creer y de crear figuras trascendentales. Como se crearon los mitos, como yo, ahora, mitifico a mi viejo.

Agradezco que me leas y que, con sólo eso, ya sea suficiente para mí.

 

Hola, querido.

No sé si como psicóloga podría responderte. Estamos luchando porque la psicología sea considerada, por fin, como una ciencia. Pero hay una cosa sobrenatural que es tan terrenal que no puedo dejar de creer en ella y esa cosa se llama amor. Te dejo que sigas llamándola esoterismo, pero no le hace ningún favor a nuestra profesión.

Bromas aparte. ¿Y si te digo que no solo quería despedirse? ¿Si te digo que igual quería que, yéndose, empezaras a no darle la espalda? Pero no sólo a él o a la enfermedad, ¡a tu vida! Seguramente quería que supieses que la espada, Damocles, tenía muchas cosas que contarte de él pero, sobre todo, de ti.

Ahora, por fin, estás en la vida, y es jodida, pero es tuya. Y qué acto de amor hay más grande que un padre, por segunda vez, te dé la vida. Imagino toda la culpa y el arrepentimiento que acompañan esos pensamientos. Ahí hay mucha mierda que ya hemos visto, querido, pero al menos hay algo, algo más que en la huida.

Disfruta de creer en este último acto de amor porque, al contrario de lo que se dice, este amor sí que dura para siempre.

No dejes de escribirme, por favor.

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