Capítulo 13

Una rúbrica

Ilustración creada por Paloma Agüera

Con la impaciencia de esperar el ascensor volví a recordar las palabras que me habían traído hasta aquí: “Ven cuanto antes, necesitamos tomar una decisión urgente”. Toqué varias veces el botón, aunque ya llevara un rato encendido en rojo, hasta que las puertas se abrieron, y luché por eso de dejar salir antes de entrar.En la habitación, la 404, mi padre tosía como si eso no fuera lo último que quisiera hacer en su vida, resignado porque la neumonía le había elegido como pareja de baile otra vez como tantas en los últimos años. Tenía muchas máquinas conectadas, dos más de las habituales, y unas cuerdas que le ataban a la cama desde los pies y las manos. No me oye, creo, no habla, aunque pronuncia sonidos quejumbrosos, y es incapaz de mantener la mirada en algún punto. Se arranca el tubo del oxígeno, no sé si aposta, también el que le da de comer, el del suero y la medicina. Una enfermera me toca la espalda de forma compasiva y señala la puerta donde me espera el doctor. Ella limpia a mi padre y le coloca de nuevo las vías, la PEC, la supervivencia. Salgo al pasillo y compruebo cómo las onomatopeyas de mi padre no inmutan a nadie.-Gracias por venir tan rápido- me dice el médico estrechándome la mano. El pasillo es largo y, salvo una línea azul a mitad de altura en la pared, completamente blanco también en suelo y techo. Como la bata de este hombre, como la de las enfermeras. Hay mucha gente, pero solo estamos él y yo. Mi padre y yo, digo. El médico es solo un trámite, sobre la carpeta que trae entre manos se materializa: marque con una X cuidados paliativos, sedación, morfina, el completo.

-No va a sentir nada- continúa.

Me pasa su vida por delante, veo la luz al final del túnel. Hacía tiempo que no recordaba a mi padre sano; una conversación intrascendente en el coche cuando conducía, su boca masticando un trozo de carne en una comida de un lunes cualquiera, su olor a periódico al salir del baño, él como persona. Todo su Universo en un estrecho pasillo de hospital. Demagogia mental, la culpa, la memoria haciendo de las suyas. Yo esto lo tenía claro, ahora es una duda eterna concentrada en pocos segundos.

Acepto la política de privacidad: un autógrafo.

El doctor me toca la espalda de forma compasiva. Se da la vuelta y entra en otra habitación con otro paciente que tiene un catarro. Yo me quedo unos minutos parado en el pasillo con la vista anclada hacia un mundo que no se ha dejado de mover a pesar de todo, a pesar de esto. Y cuando por fin me atrevo a irme, lo hago sin despedirme de mi padre, los verdugos siempre nos tapamos la cara.

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