Capítulo 23

LA AVENTURA DEL LUNES A JUEVES

Ilustración creada por Paloma Agüera

Siempre miro su figura si no sé muy bien qué contar. Cuando logré salir de mis pensamientos en blanco, dirigí los ojos al cuerpo que ocupaba el espacio entre su moño imperfecto y el tatuaje con forma de corazón en uno de sus talones. Por sus manos espuma, platos, un lavavajillas con olor a limón.

– Eres todos mis arquetipos- le solté sin pensarlo mucho

– ¿Qué?- respondió sin darse la vuelta, concentrada y esforzándose por sacar los restos de comida de las esquinas más difíciles de los platos hondos.

En una pestaña los apuntes, notas de la profesora, textos de grandes autores. En la otra, una página en blanco con una historia por escribir que solo ocupaba mirando su espalda, la suavidad de su cuello, el cachete que se le escapaba del pantalón.

– Por un tiempo, bueno…- pensé antes de seguir- por siempre, porque nunca se ha ido del todo, fuiste la sombra.

– Eso no suena nada bien – dijo secándose los huecos de entre los dedos con una servilleta arrancada de un rollo de papel de cocina.

Marqué algunas teclas en el espacio en blanco de la segunda pestaña donde intentaba terminar los deberes para el taller de narrativa de los martes. El primer párrafo para los miedos (la sombra): a crecer, la crisis de los treinta, la de los cuarenta (si llego), un hijo que se avergüence de mí si un día cojeo.

– Te toca a ti barrer, ¿puedes calentar agua y traer un trocito de chocolate?

En el armarito de las cosas de limpiar sonreí al ver una antigua camiseta convertida en un trapo lleno de polvo y celebré que los clavos, los que sujetaban y ordenaban el resto de trastos, siguieran en su sitio después de un fin de semana descifrando un libro de instrucciones.

– Aunque también has sido mi mentora- añadí mientras estiraba la escoba debajo de la mesa, debajo del sofá cuando ella levantaba sus piernas- y si las dejas levantadas, voy a empezar a pensar que ahora estás siendo el arquetipo embaucador.

En la pantalla, ya manchada por algunos párrafos, tachones digitales, ideas descolocadas, seguí escribiendo sobre cocinar para dos, hablar, con ella en la ducha, sentado en el váter, leernos en la cama. Escribí sin descanso acerca de su hombro, que me sujetó la frente cuando yo creía que ella era sombra o guardián del umbral. Y pensé que podía cerrar el texto ahí, pero mirarla siempre me pone la última palabra. Antes de bajar la pantalla, brindar con una infusión de buenas noches y lavarnos los dientes juntos mirándonos al espejo, volvió a cambiar de arquetipo:

– ¿Y si soy tu heraldo?- preguntó mirando de reojo la pestaña de mis apuntes- al menos es lo que intento ser desde que me levanto.

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